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unque L. Ronald Hubbard había reconocido desde hacía tiempo lo que las drogas significaban potencialmente en términos de miseria humana, fue la así llamada revolución psicodélica de los 60, la que dio lugar a su trabajo más intenso sobre el tema. Su razonamiento era simple: ningún hombre puede alcanzar libertad espiritual si está encadenado a una substancia química. No sólo el consumo de drogas ponía en peligro la salud de uno, sino también la velocidad de aprendizaje, las actitudes, la personalidad y la conciencia espiritual global propia. De hecho, tras un estudio en 1972 de lo que el uso desenfrenado de drogas había causado entre la juventud de la ciudad de Nueva York, comenzó a hablar de esta epidemia de drogas en términos de un cataclismo social devastador; y teniendo en cuenta lo que siguió a esa década psicodélica, incluyendo el consumo desenfrenado de cocaína y heroína y toda la violencia que acompaña a esto, estaba en lo correcto. Los estragos sociales resultaron ser un cataclismo completo. Y el problema no sólo estuvo limitado a las drogas callejeras entre la juventud, sino que, con las instituciones psiquiátricas y farmacéuticas bombeando activamente un flujo continuo de drogas en la corriente principal de nuestra sociedad, sus ramificaciones tuvieron un carácter verdaderamente cultural.
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